Cada año sucede lo mismo en la Copa del Rey de fútbol. ¡Aparece la política! Como si no fuera lo mismo… El año pasado vivimos la polémica generada por la delegada del gobierno en Madrid con las esteladas en la final de la Copa y todo quedó en nada. Se generó una tensión pasajera. Pasaron de estar prohibidas a permitidas en un lapso de horas y finalmente las banderas independentistas hondearon sin problema en el Calderón junto a españolas, andaluzas, senyeres catalanas y alguna que otra pre-constitucional. No hubo problema alguno. Ni atisbo de violencia. Aunque Tebas ya avisó que algún loco podía meterle una paliza a alguien por llevar una estelada. Nunca llegué a saber si lo decía a modo de amenaza. El que ejerce violencia indiscriminada por una bandera también puede hacerlo hacia un inmigrante, un homosexual… El problema no está en el agredido sino en el agresor. Respeto. Eso es todo. Tebas-el-grande es de los que cree que una minifalda… Seamos serios y no desplacemos la responsabilidad.

Pues eso, al final no pasó nada. Los aficionados demostraron de una manera festiva y civilizada que el problema está en tratar de reprimir la expresión del pueblo y no en como éste se expresa. Quedó claro que el deporte es una herramienta de comunión perfecta. «Hay que preguntarse porqué pita la gente», dicen algunos. Yo creo que es un ejercicio más interesante. Hay que afrontar el problema o éste nos comerá. En esa prematura dinámica andamos. Sin embargo, nadie ha entrado a analizar la situación desde un punto de vista simbólico y, tratándose de banderas, creo que debería atenderse a ese punto con especial interés. Lo que aquí se plantea no es sólo una cuestión de libertad de expresión, que sí, también, sino lo que dichos símbolos expresan. Unos y otros se ofenden mutuamente.

Por un lado, la estelada es percibida por algunos como una ofensa, una falta de respeto y un ataque a: la Idea de España. «Pero claro», piensan los otros. «¡Esa idea de España es la suya!». Sí es cierto que las estelades expresan un desapego y por lo tanto un «rechazo» a la Idea de España. Pero no, como a veces se interpreta, a: los españoles. No atacan a las personas que se sientan españolas sino más bien a la Idea de la España hegemónica y hegemonizadora. Fuerza de este modo una necesaria reflexión en torno al Estado y su concepción del mundo. Es un símbolo de reivindicación que pone en relieve un malestar que no debería entenderse necesariamente como algo negativo. De hecho, es una buena oportunidad para reconstruir un nuevo modelo de relación interna y externa del Estado, des-dramatizando y construyendo colectivamente. También es cierto que por esta parte se impone un debate y entiendo que pueda haber gente menos dispuesta a la reflexión. Está claro que no todo el mundo lo ve con los mismos ojos pero bajo mi punto de vista los que niegan la posibilidad de plantearlo como algo positivo deberían cuestionarse si su Idea de España es realmente acertada. Cuando digo «acertada» quiero decir «ajustada a la realidad». Me parece que no.

Por el otro lado, la bandera española es vista por otra gente como un símbolo de una España anacrónica y hegemónizadora. Vendría a ser como una apisonadora que tritura cualquier cosa que se salga de esa Idea de España y, por lo tanto, algunos la asumen como una ofensa y un ataque hacia sí ya que consideran que no entran en esa Idea de Estado español. Sienten que se les impone un modelo que les oprime, les menosprecia y, por ende, les excluye. Una bandera es per se inofensiva pero inevitablemente en este caso impone, tal y como están las cosas, una idea de España hegemónica. Este punto tiene casos ilustrativos muy claros en las comunidades con lenguas propias. Desde algunos sectores centralistas o «españolistas» se ha ubicado intencionadamente el tema cultural y lingüístico como un problema y no como una virtud, usándose como arma arrojadiza. Como también se hiciera en su momento con ETA o más recientemente con Venezuela. Por último, ya en el apartado de los clásicos universales, encontramos la ley Godwin. Siempre va bien un comodín que te salve de un aprieto.

La bandera española no se ha quitado el peso de la historia más rancia y oscura de este país. La rojigualda debería someterse a un cambio estético, un lifting que facilite la re-conversión del Estado en un espacio heterogéneo de convivencia, abierto, diverso y colorido. Esta pátina de odio y desprecio pesa mucho en una bandera que no ha cambiado mucho desde la dictadura. Los que dicen que la estelada no es la bandera de todos y que por eso no debía estar en el estadio deben saber también que la bandera española a día de hoy tampoco representa el sentir general. Si quieren que exista un espacio de convivencia común deben trabajar en la dirección adecuada, mirar a los ojos e interesarse sinceramente por el otro. El respeto engendra respeto. Aunque me temo que quizás ya es demasiado tarde. Van ustedes muy lentos.

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